Por primera vez en décadas, Bolivia enfrenta un proceso electoral sin una fuerza política que ordene la disputa por el poder. La desaparición del MAS como proyecto hegemónico deja un sistema de representación fragmentado como nunca antes. El experto en comunicación política Carlos Saavedra analiza el momento.
Más de 30.000 candidaturas. Ese es el número que define las elecciones subnacionales que Bolivia celebra en 2026. Para Carlos Saavedra no es un dato administrativo sino un síntoma. “Eso es terrible en términos de fragmentación y de dispersión”, dice el experto en comunicación política. Agrega un diagnóstico que va más lejos. “Hoy podemos afirmar que en el país no existe una sola organización política que tenga realmente una gran cobertura nacional”.
La cifra condensa algo que no ocurría por lo menos desde 1952: Bolivia enfrenta un proceso electoral sin un eje que ordene la disputa. No hay partido dominante, no hay bloque opositor cohesionado, no hay narrativa que agrupe a los actores en dos o tres grandes corrientes identificables. Lo que hay, en cambio, es una “dispersión total” que Saavedra describe como una situación “posterior a un terremoto”.
Un país con continuidades históricas
Para entender el peso de ese vacío, hay que volver un poco atrás en la historia. Luego de la Revolución de 1952, el MNR estructuró el campo político boliviano. Incluso después de su fragmentación. Sus facciones —el MNR-A, el MNR-H, el MNR-I— continuaron siendo el referente en torno al cual se organizaba la competencia. La llegada de la UDP marcó una recomposición, pero no una ruptura. Lo que se consolidó a partir de mediados de la década de 1980 fue la tríada —MNR, MIR y ADN— que ordenó la política boliviana durante los años del ciclo neoliberal.
A esa tríada se sumaron CONDEPA y UCS. Dos fuerzas que incorporaron franjas populares que venían siendo representadas por el MNR, pero con el que rompen luego del 21060. Pero la imposición de la Nueva Política Económica del último gobierno de Víctor Paz Estenssoro fue más que solo el tan mentado decreto. Fue la relocalización, represión de las masas y reclusión de sus dirigentes en zonas remotas.
La emergencia popular
Tras la muerte de los dos grandes liderazgos populares de entonces —Carlos Palenque y Max Fernández—, el espacio quedó disponible para un proyecto nuevo. El MAS lo ocupó. Lo hizo además de manera tan contundente que durante dos décadas Bolivia vivió bajo lo que los analistas llaman un sistema de partido dominante. Esto es una fuerza con mayoría, con proyecto, con hegemonía cultural y con capacidad de definir los términos del debate público.
Incluso en sus momentos de mayor debilidad, el MAS cumplió una función que va más allá del gobierno: la de organizar al conjunto del campo político, incluida la oposición. “Las anteriores elecciones autonómicas eran esencialmente la candidatura del MAS versus una candidatura fuerte del sector anti-MAS”, recuerda Saavedra. La dinámica era siempre la misma: el MAS de un lado, el antimasismo del otro. Con desprendimientos en los márgenes pero con una estructura básica que se mantenía intacta.
El derrumbe del último dique
Lo que Saavedra llama “el último dique de contención” no era solo el MAS como partido de gobierno. Era el MAS como principio organizador de la disputa política boliviana. La referencia ineludible que definía posiciones, articulaba identidades y daba sentido a los proyectos opositores. Cuando ese dique cedió, no solo cayó el oficialismo. Cayó también la lógica que hacía posible esa oposición antimasista.
El caso de Luis Fernando Camacho es, para Saavedra, el más ilustrativo. El líder cívico cruçeño construyó su poder político sobre una base casi exclusivamente confrontacional. Era fuerte porque el MAS existía, y se justificaba porque el MAS amenazaba. “Camacho era fuerte en la medida en que existía el MAS”, dice Saavedra. “Cuando se derrumba y desaparece el MAS, su razón política de existir desaparece con él”. El resultado, añade, es que hoy Camacho “está en problemas electorales y estratégicos” porque su identidad política no tiene ya rl objeto contra el cual se definió.
Fragmentación por todas partes
“Hoy queda absolutamente desnudo el sistema político, sin posibilidad alguna de representación, en su momento de fragmentación histórica más grande”, sostiene nuestro analista invitado. La paradoja se extiende más allá de Camacho. El desgaste del MAS no erosionó solo al MAS: erosionó al conjunto del sistema político que se había organizado en torno a él.
Del lado del masismo, lo único que mantiene cierta cohesión es el evismo, aunque con límites evidentes y en situación extremadamente disminuida. La situación judicial de Evo Morales y el enclaustamiento de su cúpula en el Chapáre dificultan cualquier expansión territorial. Las corrientes vinculadas al gobierno de Luis Arce, en cambio, han tendido a disolverse. Del lado conservador y de centro-derecha, el panorama no es mejor: Unidad Nacional acumula años de esfuerzo organizativo sin lograr una cobertura nacional real, y la mayoría de las expresiones políticas tienen un alcance más regional que nacional. “Incluso Patria”, observa Saavedra, “es más una alianza con líderes que están en las regiones que un proyecto político”.
Transición sin mapa
El Alto es, para Saavedra, el caso que mejor ilustra la magnitud de lo que está ocurriendo. La ciudad más densamente política de Bolivia, aquella que votó en masa a favor de Eva Copa en las últimas elecciones subnacionales de 2021, parece encaminada esta vez hacia una dispersión sin precedentes. “No se tiene una candidatura maciza, un proyecto político alteño”, observa Saavedra. “El Alto siempre ha sido de un voto comunitario, y parece que hoy, después de décadas, no va a pasar eso”.
Frente a ese panorama, Saavedra identifica cuatro escenarios posibles. El primero es un período de statu quo en el que prácticamente nada cambia. El segundo es una transición hacia algo todavía no definido. El tercero es una reconstitución del horizonte plurinacional como concepto político rector en un segundo momento que recoja la herencia del ciclo anterior sin reproducir sus errores. El cuarto es un giro hacia una derecha conservadora radical, de corte libertario, que ocupe el espacio dejado por el colapso del proyecto progresista.
Vaciamiento y oportunidades
Su hipótesis es que el escenario más probable es el segundo. “Estamos en un escenario político de transición”, afirma. “No hay una absoluta claridad de hacia dónde se quiere transitar”, y eso, a su juicio, es precisamente “uno de los grandes desafíos de la política”. Una política que, además, “pide a gritos ser renovada en su forma de ejercicio”, porque el cansancio ciudadano no es solo con el MAS o con sus adversarios, sino con un sistema político que se percibió durante demasiado tiempo como cerrado, abusivo y corrompido.
Sin embargo, Saavedra se niega al pesimismo fácil. El vaciamiento, dice, no es solo pérdida: es también condición de posibilidad. “En las situaciones de tensión se generan horizontes que después terminan marcando el inicio de nuevos ciclos políticos”. Y la historia boliviana, añade, respalda esa lectura. “Bolivia siempre ha caminado al borde de la cornisa y siempre ha terminado reivinentándose”, asevera.
Lo que no está claro —y es, acaso, la pregunta que estas elecciones dejan abierta— es quién va a entender y expresar el momento, quién va a construir el proyecto que ocupe el espacio, y desde qué lugar de ese mapa fragmentado va a emerger el próximo eje ordenador. Si es que emerge alguno.
De tres bloques al polvo: la dilución de las élites
En 2020, tres fuerzas políticas concentraron el 98% de la votación nacional. Detrás de cada porcentaje había una élite cohesionada que moldeaba una identidad. Cinco años después, las tres se han erosionado simultáneamente por causas y en trayectorias diferentes.
En las elecciones presidenciales de 2020, el MAS-IPSP obtuvo el 55,11% de los votos; Comunidad Ciudadana, el 28,83%; y Creemos, el 14%. Tres fuerzas, 98% del electorado. El dato no era solo una medición de preferencias: era el retrato de un sistema político todavía estructurado, en el que cada bloque tenía detrás una minoría organizada y cohesionada capaz de producir identidad, movilizar lealtades y definir los términos de la disputa. Para Carlos Saavedra, experto en comunicación política, esas tres fuerzas eran, en el fondo, la expresión de tres élites diferenciadas. Y lo que ha ocurrido desde entonces es su desgaste simultáneo.
El contraste con el presente es brutal. En 2025, más de 30.000 candidaturas compiten en las elecciones subnacionales sin que ninguna organización política pueda reclamar una cobertura nacional real. Lo que en 2020 era un mapa legible —tres colores, tres identidades, tres proyectos— es hoy una imagen de ruido. Para entender cómo se llegó hasta aquí, hay que entender qué eran esas élites y cómo funcionaban.
Tres élites, tres identidades
Detrás del MAS había una minoría intelectual y política que, principalmente desde Cochabamba, había trabajado desde los años noventa en la construcción de un discurso capaz de articular lo indígena, lo comunitario y lo popular en un proyecto de Estado. Esa construcción fue el resultado de una élite intelectual que dotó de sentido al masismo. Álvaro García Linera era uno de ellos, el más visible, pero no el único. Junto a ellos operó una clase dirigente plebeya que venía de resistir al poder en las décadas de 1980 y 1990. Era una minoría organizada en el sentido que le da el sociólogo Robert Michels al término: una minoría organizada que logra conducir a las mayorías menos organizadas. En el tiempo, acabaron peleándose entre ellos. Se distanciaron y poco a poco se alejaron o fueron alejados de los liderazgos como el de Evo Morales y posteriormente Luis Arce. Hoy ya no tienen la potencia de la década de los 2000.
Comunidad Ciudadana, con Carlos Mesa a la cabeza, encarnaba a la élite política tradicional paceña: letrada, liberal, con carrera en la universidad y en los medios. También con una larga historia de gestión del Estado desde La Paz. Era una élite que había sobrevivido al ciclo neoliberal y que en 2020 encontró en Mesa su expresión unitaria. Era un grupo que ya entonces mostraba signos de agotamiento generacional: muchos de sus cuadros históricos estaban fuera o eran mayores, y la élite alteña continuaba disputándole protagonismo económico y simbólico. Samuel Doria Medina no logró ocupar el espacio que dejó Comunidad Ciudadana.
Santa Cruz
Creemos y su 14% representaban a la élite cívica y empresarial cruçeña, que había construido su cohesión sobre una identidad regional fuerte y sobre la oposición frontal al proyecto del MAS. Luis Fernando Camacho era su figura visible, pero detrás había una red de instituciones —con el Comité Pro Santa Cruz al frente— que le daban densidad organizativa. Era, de las tres, la élite con mayor cohesión territorial y con el discurso identitario más claro: Santa Cruz como proyecto, como reivindicación y como alternativa. Este tejido ya venía experimentando tensiones desde por lo menos 2010. El ascenso de Camacho significó también una revuelta al interior de la dirigencia política cruceña tradicional, que acabó con el desplazamiento de Rubén Costas y el abandono del proyecto gestado en torno al Movimiento Demócrata Social. Entre Luis Fernando Camacho y Jhonny Fernández, también se perdió la articulación entre la alcaldía capitalina y la gobernación. No se reeditó la coordinación que se dio entre Rubén Costas y Percy Fernández entre desde 2004 hasta 2020. No coincidían en todo, pero estuvieron juntos en los cabildos y movilizaciones de esos años.
El paro de los 36 días en 2022 fue devastador para la sociedad cruceña, pero también para el entramado hegemónico local. Como resultado, el camachismo acabó por un lado, el Comité Pro Santa Cruz por otro y los actores económicos distanciados de la forma de hacer política que representaba el gobernador cruceño. Más aun, Creemos acabó fragmentándose.
La polarización como veneno
Lo que tenían en común estas tres élites (o clases o estamentos dirigenciales, según el caso o preferencia en la nomeclatura), más allá de sus diferencias, era que su vitalidad dependía en buena medida de la existencia de las otras. La polarización era el oxígeno del sistema: cada bloque se definía contra los demás, y esa definición por contraste era lo que mantenía activas las lealtades. Cuando la tensión se volvió insostenible, el sistema no aguantó. “Ha sido tan fuerte la tensión polarizante que el dique que organizaba a las élites políticas en lógica narrativa identitaria ha terminado explotando”, dice Saavedra. “Al ceder, ha generado un vaciamiento profundo en el escenario político”.
El caso de la élite cruçeña es el más evidente. El paro cívico de 36 días de 2022, lejos de consolidar su cohesión, la fracturó. Y cuando el MAS se derrumbó como hegemonía, la razón de ser de Camacho desapareció con él, señala Saavedra sin atenuantes. La élite paceña, por su parte, enfrenta un doble agotamiento: el generacional, con cuadros que ya no están o que han envejecido, y el simbólico, con una élite alteña más dinámica que le disputa terreno. Y el masismo, que terminó su ciclo asociado a lo que Saavedra describe sin eufemismos como “polarización, abuso de poder y corrupción”.
Claro está que también El Alto ha visto dispersarse su cohesión. Eva Copa dejará la alcaldía sin haber consolidado un proyecto. Lo que queda son más interrogantes que claridades.
Política de las identidades
Pero el desgaste va más allá de los partidos y sus dirigentes. Lo que se ha erosionado es la política identitaria como forma. El desgaste del MAS no ha sido solo el desgaste del MAS. Ha sido el desgaste de lo indígena como símbolo, lo que también arrastra a las luchas femeninas y de diversidad de género.
Queda, sin embargo, una advertencia que Saavedra lanza con insistencia y que apunta directamente a quienes hoy intentan leer el momento como una página en blanco. Todo ciclo político deja una herencia, dice, y esa herencia no desaparece por decreto. Como la Revolución del 52 dejó el voto universal y la Reforma Agraria —conquistas que ninguno de sus sucesores pudo ignorar—, el ciclo del MAS dejó “una herencia de inclusión de lo indígena, lo comunitario y lo popular” que la nueva política no podrá barrer sin costo. “Puede ser muy grave si la política no lo comprende”, advierte. Las élites que emerjan del vacío actual tendrán que construir su cohesión sobre esa herencia, no a pesar de ella.
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