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El Pichi ocupó el cargo luego de la salida de Gallardo y se refirió a cómo vio a los jugadores. "El equipo estaba algo caído", explicó.
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En la previa del partido entre Independiente Rivadavia y River en el Malvinas Argentinas, ambos entrenadores se dieron un fuerte abrazo. Mirá.
La opinión del momento del Oviedo: Competir no basta (pero es el camino)
Otra vez el aplauso merecido. Otra vez la sensación de haber hecho muchas cosas bien. Y otra vez el golpe final.
El Real Oviedo volvió a mirar a los ojos a un gigante como el Atlético de Madrid. Lo hizo desde la valentía, desde el orden y desde una idea clara: no replegarse sin más, sino presionar con sentido y atacar con criterio. Durante muchos tramos, el plan fue superior al talento individual del rival. El Oviedo apretó arriba con una estructura muy reconocible: bloque medio-alto, extremos saltando sobre laterales y la punta orientando la salida hacia un costado para activar la trampa. El Atlético no encontró fluidez por dentro y se vio obligado a circular por fuera sin profundidad. Ahí el equipo azul fue sólido: laterales agresivos en duelo, centrales firmes en el área y ayudas constantes del interior del lado fuerte.
Con balón, el Oviedo fue aún más interesante. No se precipitó. Atrajo para luego acelerar por fuera. Generó situaciones de centro lateral bien perfilado y llegó con segunda línea. Faltó el detalle final, sí, pero hubo intención y hubo colmillo. Y entonces apareció el portero. Dos intervenciones extraordinarias de Jan Oblak sostuvieron al Atlético cuando peor estaba. Eso también explica por qué unos equipos pelean por Europa y otros por mantenerse vivos: en los momentos clave, el margen es mínimo.
Lo que cuesta entender, por injusto, es el desenlace. Un único tiro a puerta del Atlético en todo el partido. Uno. Y en la última jugada. Gol. En una acción donde faltó quizá gestión emocional más que táctica: precipitación en la última posesión, pérdida evitable y transición mal defendida en el minuto 93. En esta categoría, el partido no termina hasta que pita el colegiado. Pero reducirlo solo a ese instante sería injusto. Porque lo que ocurrió una vez más en el Estadio Carlos Tartiere fue impresionante. 27.000 personas empujando en una situación clasificatoria más que delicada. Eso no es nostalgia; es identificación con lo que transmite el equipo: competitividad real. Ahora bien, competir no basta o no está bastando. El siguiente escalón es saber cerrar. En fases finales quizá falte bajar una marcha, juntar más pases, proteger mejor la última ventaja emocional del partido. Los equipos maduros saben cuándo atacar y cuándo enfriar.
El calendario no concede tregua. Mapaña espera el Rayo Vallecano en Vallecas, en el partido aplazado. Intensidad, ritmo alto y presión constante. El lunes, visita en Barcelona al RCD Espanyol, otro escenario exigente para el Oviedo. Dos partidos que pueden cambiar la dinámica y dar la vuelta a la tortilla si el equipo transforma juego en puntos. El Oviedo está cerca. Más cerca de lo que indica la clasificación. Pero el fútbol no premia intenciones; premia eficacia y control de los detalles.
La línea es esta, sin duda. El carácter está. El plan funciona. Falta el paso que convierte el "qué bien compite" en "qué bien compite y gana". Y ese paso, si algo ha demostrado este equipo, es que no va a dejar de intentarlo.
¡Hala Oviedo!
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