Antes de convertirse en un ogro, Tim Wellens era un belga simpático que disfrutaba haciendo locuras, escapadas estúpidas y hermosas en grandes y pequeñas vueltas o enamorarse de los paisajes con nieve de Teruel, de las sierras de Javalambre, Gúdar y los Montes Universales hacia Cuenca, que recorre por caminos de tierra en el frío otoño de 2019 acompañado de su amigo Thomas de Gendt, el ciclista que conquistó una vez el Stelvio, también un poco lunático, camino de Bélgica, 1.500 kilómetros más allá. Fue una aventura-entrenamiento en la soledad de la que ellos llamaron la Laponia española, tan desoladoramente sola, con algo de introspección mística. Quizás por eso siempre le gustó la Clásica Jaén Paraíso Interior, la carrera de febrero a través de los olivos de Úbeda, y sus caminos viejos de tierra para ir a varear, por donde don Antonio paseaba pensando en Soria. Mar de Olivos, Juancaballo, Santa Eulalia, San Bartolomé… Wellens es un clásico en la clásica, que acaba de cumplir cinco años, ya no es una niña, y él, que ya tiene 34 años, la celebró ganándola a lo grande. En las cuatro anteriores, tanto la quiere, terminó décimo, cuarto, tercero y segundo.
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